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miércoles, 16 de febrero de 2011

EL TRASGU


Es un duende pequeñucu, muy vivaz, de gesto picardioso, cojo, muy simpático, laborioso y le encantan las travesuras. Anda siempre por el llar de la cocina, por los desvanes y por las cuadras y corrales. Algunas descripciones físicas del trasgu lo pintan con cuernecillos, rabo y cierta cojera; otras, con unas piernas muy largas y delgadas, así como con unos dedos de las manos larguísimos. También se le pinta vestido con una blusa roja y un gorro rojo, por eso se le llama "el del gorru colorau". Tiene un agujero en la mano izquierda.

Es duende casero, por la noche entra en las casas si está el fuego encendido. Si está de buen humor y le tratan bien, se preocupa de trabajar colocando las cosas en su sitio, limpia y barre la casa.
Cuando está malhumorado, porque le han tratado mal, hace travesuras en la casa, revuelve las arcas y cajones, cambia y rompe cacharros, esconde objetos, saca las vacas del establo y lo lleva al abrevadero espantando a las reses, alborota y grita.

Para que no vuelva a la casa, puesto que tiene la mano agujereada y presume de dejar todo como lo encuentra, lo mejor es mandarle hacer una de éstas tres cosas:

• Hacerle recoger del suelo mijo o linaza.
• Ponerle a blanquear la piel de un carnero negro.
• Ordenarle traer un cesto de agua.

El Trasgu, escrupuloso de su función, intenta recoger los granos, pero se le escapan por la mano agujereada. Al no poder hacer lo indicado, entonces avergonzado, se va para no volver.

En Asturias, el trasgu recibe diferentes denominaciones según los lugares. Así, se le conoce como el Trasno, el Cornín o Xuan dos Camíos, en la zona occidental, y como el Gorretín Coloráu o el de la gorra Encarnada, en los concejos más orientales. Las travesuras del Trasgo se repiten con distintas variantes en numerosos pueblos y lugares de toda la Península, y sus andanzas se evocan en obras clásicas de la literatura española, como el Lazarillo de Tormes, los entremeses de Cervantes o las comedias de Lope de Vega.

Durante los siglos XVI y XVII, incluso teólogos de gran reputación estaban convencidos de que los duendes eran una categoría de demonios menores y domésticos. Numerosas actas de procesos inquisitoriales muestran hasta qué punto estaba arraigada su creencia entre todas las clases sociales, y de qué forma la iglesia intentaba neutralizar su acción con reprobaciones y exorcismos. Antonio de Torquemada dedicó un amplio tratado de su Jardín de flores curiosas a los "fantasmas, visiones, trasgos, encantadores, hechiceros, brujas y saludadores" donde describe ampliamente sus actividades. Según Torquemada: "los trasgos no son otra cosa que unos demonios más familiares y domésticos que los otros [...] y así parece que algunos no salen de algunas casas, como si las tuviesen por sus propias moradas, y se dan a sentir en ellas, con algunos estruendos y regocijos, y con muchas burlas, sin hacer daño ninguno: que aunque yo no daré testimonio de haberlo visto, he oído decir a muchas personas de crédito que los

Oyen tañer con guitarras, y con cascabeles, y que muchas veces responden a los que llaman, y hablan con algunas señales y risas, y golpes".

Ya en el siglo XVIII, la arraigada creencia en las actividades de los duendes tendría su primer gran detractor en la figura de Fray Benito Jerónimo Feijoo, quien dedicó todo un capítulo del Teatro Crítico universal (1781) a refutar la existencia de los "Duendes y espíritus familiares". A partir de entonces, y coincidiendo con el desarrollo de las ciencias experimentales en el siglo XIX, cada vez fueron más las voces de teólogos y científicos que rechazaron la creencia en los duendes.

Sin embargo, entre las clases más populares, no sólo de las áreas rurales, sino también de las urbanas, esta creencia ha seguido viva hasta la actualidad. Pocos son los pueblos españoles donde no haya una casa que se haya creído habitada por duendes. Y, al igual que sucede con los demás seres mitológicos, el trasgu no sólo existe en España, sino que, bajo diferentes apelativos, su figura es prácticamente universal. Así, bajo los nombres de "lutin", "follet", "fantastique", "Kobold", "nix", "robin" o "puck" se le encuentra también en numerosos lugares de Alemania, Francia, Italia o Inglaterra, y las mismas travesuras que se refieren de él entre nosotros se refieren también en otros pueblos.

EL TRENTI


El Trenti es un ser pequeño, tiene la cara negra y los ojos verdes y al igual que el Tratolillo es picaruelo y bribón. El trenti sin embargo no entra en las casas, pues es duende de los bosques.
Para pasar desapercibido entre la vegetación lleva por todo vestido una túnica de hojas de castaño y musgo. Se alimenta de endrinas y maíz, bebe leche pero no agua, que es veneno para el. En verano duerme entre la maleza fresca al pie de los árboles y en invierno se refugia en las hondonadas.
Quien mas lo temen, sobre todo por la noche, son las muchachas que vuelven del campo, pues se camufla entre las matas del camino, y cuando pasan, las tira de las faldas, de manera que ellas, que ya van un tanto encogidas por la hora, dan un tiron y salen corriendo, imaginando que algún monstruo o mal hombre quiere retenerlas. Por eso suele decirse en Cantabria de una moza brava y bien puesta: -A ésa no la asusta ni el Trenti.
A este respecto, cuenta la historia, que una moza, en realidad no tan moza, pues era solterona, que salía adrede al atardecer por los caminos para que el Trenti la tirara de las faldas y le diera unos pellizcos en las pantorrillas. Al principio él hacia lo que solía con todas, pero al notar al cabo de un tiempo que la vieja moza no solo no se asustaba, sino que arrimaba la pantorrilla, el Trenti se canso de aquel juego que no le producía diversión alguna. Mas, como ella seguia frecuentando el camino cada tarde y acercando las faldas a los matorrales, acabó compadeciéndose de ella y buscó una solución: llamó a una Anjana, le pidió que hiciera algo por la moza y la Anjana la convirtió en vaca. Por eso a las vacas les gusta tanto restregarse contra los árboles y arbustos.

EL AVARO JUDIO



Un hombre, pobremente vestido, está sentado delante de una mesa. La habitación está casi vacía, salvo por la silla donde se sienta, un tablón desgastado que le sirve de mesa y una vieja arqueta en el suelo. Frente a él, en la mesa, amontona monedas de oro y joyas a medida que los cuenta. Llaman a la puerta.
Se apresura a guardarlo todo en la arqueta antes de salir a la puerta. Allí hay una mujer, que angustiada, comienza a contarle su historia. Es pobre, apenas le queda nada y no tiene qué comer. Necesita dinero. El avaro la mira en silencio, sin responder. No le impresiona la historia. La ha oído cientos de veces y la respuesta es siempre la misma.
- ¿Qué puede ofrecerme a cambio? - “Nada tengo, señor, salvo mi casa” - "Eso valdrá" responde, haciéndole saber los términos del acuerdo.
La mujer, al oír el alto interés que tendrá que pagar, comienza a llorar y suplica no sea tan severa. El responde que nada puede hacer: es un negocio y lo demás, no le importa. Después guarda silencio. La mujer, finalmente, se ve vencida, y asiente con la cabeza. El redacta el papel; ella lo firma, hecho lo cual, se dirige con gesto cansado al interior de la casa: se escucha el abrir y cerrar de puertas y al cabo de unos minutos, vuelve el avaro con el dinero prometido. Ella lo toma, le entrega el papel y se marcha.
El viejo, al verla salir, retoma su trabajo. Saca el dinero y lo cuenta. Una vez terminado, lo anota en un pequeño libro que guarda en el arcón, de donde saca una bolsa donde introduce el dinero. Lo toma y marcha a guardarlo. Mientras baja las escaleras del inmenso sótano donde guarda su riqueza, piensa en lo cansado que está, y murmura que, pese a todo, debe seguir con el negocio, aún no es bastante su riqueza.
Al subir, encuentra a su hija. Una mujer joven, casi una niña. Se dirige a la cocina, a preparar la cena. El viejo, de nuevo en la habitación, apaga la vela, para ahorrar y se sienta. Apenas han pasado unos momentos cuando su hija lo llama. Hay un caballero en la puerta que pregunta por ti, le dice. Muy bien, ahora lo atiendo. Ella asiente y se marcha. Sale al zaguán donde un hombre joven lo espera. Al verlo, desaparece la sonrisa de su rostro, dando a entender el profundo desagrado que el viejo le provoca.
- Tenga buena noche, señor - Aquí tienes tu dinero. Cuéntalo si quieres, dice, a modo de respuesta. - Eso no es necesario, señor. Espero que su merced haya recordado el interés que fijamos y lo haya incluido. - Por supuesto. Di mi palabra, y ahora cumplo. Entrégame el papel que le firmé y acabemos con esto, dice agriamente.
El viejo, sin responder el tiende el papel. El caballero lo toma con gesto violento, da media vuelta y sin despedirse, sale de la casa.
El viejo lo observa mientras se marcha. Y después, con una sonrisa, se vuelve hacia el saco que el caballero ha dejado en el suelo. Intenta cogerlo, pero es demasiado pesado. Por varias veces lo intenta, sin éxito. Finalmente, decide llamar a su hija.
Ella, siempre solícita, escucha atentamente a su padre. Nunca ha bajado al sótano, y trata de memorizar las instrucciones. Finalmente, toma la vela y se dirije a la entrada. Levanta la tapa y se adentra por el hueco de las escaleras. Al llegar a bajo, repite las instrucciones: a la derecha, después a la izquierda... así, recorre varios pasillos. De pronto, se estremece y mira alrededor asustada. Una corriente de aire apaga la vela y queda a oscuras en medio del laberinto. Duda entre seguir o regresar, y a tientas, busca el camino de vuelta, pero la oscuridad y el miedo la traicionan y no encuentra el camino. Finalmente, comienza a llamar a su padre. Pero la respuesta que obtiene es el eco de su propia voz. Espera, pero nada ocurre. Se desespera y empieza a gritar y gritar....
El viejo, mira intranquilo el hueco del sótano. Debía haber regresado ya, piensa... y es entonces cuando escucha la voz que lo llama... Toma una vela y baja con rapidez. Se mueve con agilidad por los pasillos, pero cada vez que se acerca a la voz, esta suena en otra parte o se vuelve lejana... así las horas pasan y el viejo, cada vez más desesperado, busca sin cesar. Finalmente, decide pedir ayuda. El sitio es demasiado grande y por eso no la encuentra, dice intentando tranquilizarse.
Una vez en la calle, comienza a gritar a sus vecinos “¡ayuda!”. Estos, somnolientos, se asoman a la ventana para ver qué ocurre. Al verle ponen cara de desagrado, la mayoría vuelve adentro, pero algunos, deciden bajar. El viejo, intentando parecer sereno, les cuenta:
- Mi hija bajó anoche al sótano y no regresó. La he buscado toda la noche, pero no consigo encontrarla; es demasiado grande para una sola persona. Si tuvierais a bien ayudarme...
Los vecinos se miran extrañados. Cómo puede una persona perderse en un sótano -se preguntan. El viejo les responde:
- En realidad, es una red de pequeñas galerías, casi un laberinto. Tiene tantas galerías y pasillos que es fácil desorientarse y perderse dentro: es por esto que yo solo no puedo. Les ruego....
Suenan de nuevo murmullos, pero una voz se levanta sobre el resto y dice: "Vamos"
Al oírlo, todo el mundo calla y le sigue hacia la casa del anciano. Allí, toman tantas velas y candiles pueden y bajan al sótano, dónde comienzan a buscar. Comienzan llamando a la muchacha, pero al oír la débil voz, callan y escuchan. Se mueven de un lado a otro, incansables. Las horas pasan y el viejo está cada vez más alterado. Finalmente, los oye que suben todos, y suspira aliviado. Pronto, su cara se torna en mueca a ver que vuelven sin la niña.
- "Es imposible, señor. La vez se acerca y se aleja de nosotros. Quizá haya salido ya, y lo que hemos oído sea el eco" - Pero eso no es posible. Yo estuve aquí todo el rato, y nadie entró ni salió, salvo sus mercedes...
Sin más respuesta que un encogerse de hombros y un “lo siento”, el grupo sale de la casa.
Allí queda el viejo solo.
Es de noche, y el viejo, como cada noche, se sienta en su sillón. Pero ya no cuenta el dinero. Sólo escucha, aterrorizado, angustiado, la voz que día tras día, al caer la noche, comienza a sonar, llamándole a gritos.

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